El muro invisible de México que le hace el “trabajo sucio” a la Casa Blanca

El muro invisible de México que le hace el "trabajo sucio" a la Casa Blanca

Los migrantes avanzan. No culpan a Dios, no se amilanan ante los malos presagios, lo de ellos es el porvenir. O eso dice el padre José Alejandro Solalinde, quien los ayuda en esa travesía hacia delante.

Solalinde es un sacerdote mexicano y desde 2005 se interesó por la peregrinación de nómadas que se mueven del centro y el sur de América hacia el norte, sin que les importen demasiado las fronteras, los coyotes, las leyes: “Yo me subía a los trenes, hablaba con ellos, les preguntaba sus nombres, quería saber qué los movía a arriesgarse tanto”.

Todo estuvo bien hasta un 16 de diciembre de 2006. Ese día esperó la llegada habitual de ‘La Bestia’, el mote con el que se conoce a la red de ferrocarriles que une la frontera sur y norte de México, y a la que se suben cientos, miles, de hombres, mujeres y niños para tratar de llegar a la tierra natal del payaso Ronald. El párroco quería cerciorarse de que el grupo de 16 personas que había acompañado hasta entonces lograra embarcarse. “Pero mi sorpresa es que cuando termina de pasar el tren, los veo todavía del otro lado de la vía férrea, me los encuentro frente a frente”.

No se subieron porque la esposa de Chepe, el único hombre del grupo, no fue capaz de dar el salto. Estaba embarazada. “Cogí el teléfono y empecé a llamar para buscarles asilo, pero en las iglesias no los recibían, yo no tenía para pagarles el hotel y no podía llevarlos a mi casa porque ya me estaban siguiendo los de migración acusándome de ‘pollero’ (persona que traslada a inmigrantes sin papeles hacia EE.UU.)”.

Dos personas del pueblo se acercaron al padre, le pidieron dinero para alojarlos, pero él solo tenía un billete de 200 pesos, que son unos diez dólares. Aceptaron ese pago y se llevaron a los 16. “Al otro día, cuando fui a buscarlos, ya los habían secuestrado a todos. No se supo nada más de ellos”.

Migrantes de segunda

La mayoría de los migrantes indocumentados que residen en EE.UU. son provenientes de México; la cifra supera los 5,8 millones, según estimaciones de 2014. No obstante, entre 2010 y 2015, el número de deportaciones de mexicanos desde territorio norteamericano descendió 43,64%, de acuerdo a las cifras manejadas por el Instituto Nacional de Migración (INM). ¿Significa que son menos los que cruzan sin papeles? La respuesta no es sencilla. Los especialistas sugieren que toman rutascada vez más peligrosas.

El secuestro y desaparición de ese grupo de 16 inmigrantes que vivió Solalinde “fue una experiencia muy traumática”, cuenta Ana Luz Minera, coautora del libro ‘Los migrantes del sur’ e investigadora de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), pero fue decisiva para que el padre emprendiera el proyecto de tener su propio albergue en Oaxaca, bautizado como ‘Hermanos en el camino’.

Pero los que llegan a ese refugio temporal no son todos mexicanos; de hecho, en su mayoría, son originarios de Centro y Suramérica, y sonlos más discriminados.

“Hay un tratamiento diferenciado entre los migrantes, hay discriminación. Yo creo que es porque aquí en México copiamos todo lo que hace EE.UU. Ellos trataban mejor a los cubanos porque les daban rédito político, y a los demás no. Igual aquí”.

Porque los muros, insiste Solalinde, no son únicamente los de Donald Trump. A lo largo del camino hacia EE.UU., los migrantes se cruzan con las bardas físicas y simbólicas: “Es algo dolorosísimo. Los que vienen de Centro y Suramérica pasan por México y, en vez de encontrar apoyo, aquí los secuestramos, los matamos y los convertimos en mercancía”. O los deportan.

“Las fosas comunes están llenas de inmigrantes”

Un estudio realizado a principios de este año revela que México deporta al 94% de los Centroamericanos que ingresan a su país, lo que constituye un “filtro” eficiente para EE.UU. El Gobierno del presidente Enrique Peña Nieto se encarga de frenar el paso de los indocumentados con una férrea política que admite a menos del 7% de inmigrantes provenientes de Guatemala, Honduras y El Salvador.

No es una iniciativa aislada. En febrero de este año, el canciller de México, Luis Videgaray, acordó con el secretario de Estado norteamericano, Rex Tillerson, “reforzar” la cooperación binacional para impedir la migración de centroamericanos a EE.UU., con la promesa de que esas acciones permitirán mayor “seguridad y prosperidad a largo plazo”.

Los migrantes no pueden decir lo mismo. El maltrato hacia los centroamericanos en muchas comunidades mexicanas, considera Minera, es por el estigma de que son pandilleros: “Sí, es cierto que hay muchos grupos que se involucran con esos grupos delictivos, pero no son la mayoría. Y ese tampoco es un argumento que justifique el hecho de que los maten, los torturen, los violen o los desaparezcan”.

De acuerdo a la investigadora, en esas rutas también es habitual el secuestro de víctimas para el tráfico de órganos. “Pasa casi siempre con familias enteras a las que les dan un aventón o que usan transportes turísticos de fachada para cruzar y luego no se sabe de su paradero. Las fosas comunes de Veracruz están llenas de inmigrantes”.



Desafío antisistema

Las ideas de Solalinde, que le valieron la expulsión de los padres Carmelitas de Guadalajara, también lo han llevado a figurar en varias listas: Nobel de la paz, candidato a víctima de homicidio por grupos delictivos, persona ‘non grata’ entre los padres de los 43 normalistas de Ayotzinapa y exiliado forzoso. Lo han acusado de divisionista, blasfemo, obstructor de la justicia y, claro, de “cura rojo”.

Él, sin sonrojos, admite que sueña “con un futuro menos egoísta, más incluyente” y cree que los migrantes son la vanguardia para “generar un nuevo humanismo”. “Ellos están desafiando al sistema capitalista a las leyes que perpetúan la exclusión, ellos siguen su camino”.

Para él, las leyes migratorias son punitivas con los pobres pero laxas con los capitales, un metabolismo que únicamente sirve para “justificar la explotación y tener mano de obra barata”. Allí, dice, es donde reside la verdadera razón por la que son reducidos a la ilegalidad y dejados al margen.

Solalinde es un sacerdote católico, pero en el refugio para inmigrantes oficia cultos ecuménicos una vez a la semana con pastores protestantes. “Es que la fe es lo más fuerte que tienen los migrantes”. Muchos de ellos creen en un Dios “sin franquicias”, sin iglesias, en “un Jesús que va con todos, que se salió de los templos y se fue a cruzar fronteras”.

Desobediencia existencial

Cuando el padre decidió fundar el albergue, las trabas vinieron de todos lados. De los vendedores de los terrenos, de la policía, de las autoridades. “Yo quise algo pequeño, pero siempre que iba a concretar la compra, algo pasaba. Le metían miedo a la gente”. Él insistió hasta que todo se dio, y afirma que fue cosa de Dios.

Cada vez que habla de los migrantes los trata como maestros en el arte de perseverar, de no amilanarse o de lo que él ha denominado “desobediencia existencial”, porque si les dicen que no, ellos van; si los asustan, no se detienen; si se quedan unos en el camino, siguen otros. La línea de la inmigración tiene baches, pero no finales.

Limbo ‘metalegal’

Los riesgos son reales y el negocio con la vida de los migrantes, lucrativo. Los que los transportan, cobran; los que los esconden, cobran; los que los secuestran, cobran; los que los matan, se saben impunes. En 2013, la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) de México llegó a contabilizar más de 11.000 secuestrosen un año y alertó que era el tercer delito que más ingresos le reportaba a la delincuencia organizada.

La frontera sur, que colinda con Centroamérica, es la más vulnerable. La pobreza, la corrupción de las autoridades, la desigualdad y la actuación de grupos vinculados al narcotráfico elevan el costo de cruzarla hasta con la vida. Organizaciones de derechos humanos, en julio de este año, alertaron que los delitos van en ascenso.

La indefensión de las víctimas también es múltiple: la mayoría no denuncia por miedo; nadie las busca porque están en un limbo ‘metalegal’, no aparecen en la agenda de los políticos en México porque no votan, y tampoco les interesan demasiado a los grupos económicos porque no reportan remesas ni ingresos. Son una suerte de riesgo ambulante y silencioso.

La subversión invisible

La Organización Internacional de las Migraciones (OIM) detalla que en lo que va de año hubo 75 víctimas fatales en la región centroamericana en su viaje hacia EE.UU. La mayoría murió en el sur de México. En la frontera norte, los fallecidos ascienden a 337, y en buena parte eran originarios de América Latina y el Caribe.

El endurecimiento del discurso contra la inmigración en EE.UU., encabezado por la retórica del presidente norteamericano, Donald Trump, aviva la incertidumbre y atiza los peligros para quienes deciden salir de sus países de origen tratando de escapar de fenómenos como la delincuencia, el desempleo y la pobreza. “Cada vez hay más xenofobia, más discriminación y eso los conduce a buscar rutas que los ponen más en riesgo”, explica Minera.

Las víctimas se ahogan en el cruce del río Bravo, mueren en el desierto, terminan en redes de trata de blancas, pero nadie los para: “Cruzan así sea a través de túneles, a caballo, a pie, como sea”, dice la investigadora de la UNAM, quien no pierde de vista el detalle de la corrupción como aliciente. Siempre hay un coyote, un policía corrupto, alguien con promesas a cambio de dinero.

“Los migrantes van en otra lógica”, explica Solalinde, “tienen una propuesta altamente subversiva que va a hacer estallar el sistema capitalista; su fuerza y convicción son antisistema”. Lo dice y se emociona, porque cree que ellos ya han empezado a transformar el mundo.

“En todos lados -continúa el padre- están generando nuevas leyes, el debate sobre la migración está vivo y hemos entrado en una etapa irreversible donde debemos defender lo alcanzado y conquistar lo que nos falta”. Solalinde tampoco para. La jefa de prensa de la editorial lo apresura para otra entrevista y él se arregla sin chistar, sonriente. Tal vez ha aprendido de los migrantes, los que siempre avanzan con la esperanza de una tierra prometida que tal vez no exista, los que no miran atrás, como la bíblica mujer de Lot, por temor a convertirse en estatuas de sal.

Una redacción original de ‘Nazareth Balbás’ vía RT